La noche que apagaron el anuncio
Por Geppetto
El anuncio de la farmacia de la esquina se apagó una noche. La farmacia siguió abierta. Pude comprar mis pastillas, la cajera pudo cobrarme y el señor de atrás pudo preguntarle, como todos los jueves, si tenían algo para el insomnio que diera sueño pronto pero que no lo dejara dormido mucho tiempo.
Al volver a casa encontré a una niña en la banqueta, con la cabeza echada hacia atrás. Le preguntó a su papá si aquella estrella acababa de salir. Él le dijo que llevaba ahí desde antes de que pusieran la farmacia.
En una ciudad hacen falta calles iluminadas. Quien vuelve del trabajo merece ver dónde pisa, quién viene de frente y a qué altura se acaba la banqueta. Para eso sirve una buena lámpara. El anuncio de la esquina, en cambio, alumbraba hasta el techo de mi recámara. Yo podía leer acostado con la luz de una promoción de vitaminas.
Vale la pena que los municipios se ocupen de hacia dónde apunta la luz, además de cuántas lámparas compran. Una que alumbra el paso de los peatones cumple su trabajo. Si también ilumina el segundo piso de las casas de enfrente, alguien debería subirse a la escalera y enderezarla.
Al día siguiente compusieron el anuncio. La niña volvió a mirar hacia arriba y preguntó por la estrella. Su papá le señaló un pedazo de cielo al final de la calle. Hacia allá se fueron los dos, caminando despacio.
