El domingo de la silla chueca

Por Geppetto

En casa de mi madre había una silla que cojeaba. Durante años le pusimos debajo de la pata corta un cartoncito doblado. Nadie se acordaba de que existía hasta que barríamos y se iba con la basura. Entonces, en plena comida, alguien volvía a descubrir la gravedad.

Un domingo llevé la silla con don Leandro, el carpintero. La puso sobre su banco, le dio la vuelta y me enseñó la unión floja. Yo había llegado dispuesto a pedirle que recortara las otras tres patas. Menos mal que el hombre me cobró por componer la silla y guardó para sí su opinión sobre mi diagnóstico.

Mientras trabajaba entró un muchacho con un cajón atorado. Don Leandro le hizo sitio en el banco y le prestó un cepillo. El muchacho tardó tres intentos en sacar una viruta pareja. A la cuarta, el viejo le dijo que ya podía volver a su casa con el cajón. Y que devolviera el cepillo, porque los elogios tenían su límite.

Cuando un barrio pierde su último taller, pierde también un lugar donde uno puede llevar un cajón, mirar cómo se arregla y quizá aprender a hacerlo. Yo pagué con gusto lo que me cobró don Leandro. Habíamos pasado años poniendo cartón donde él tardó una tarde en poner bien la pata.

El domingo siguiente me senté en la silla reparada. A media comida, por costumbre, metí el pie debajo de la pata. Mi madre se dio cuenta.

—Ya puedes comer con los dos pies en el suelo —me dijo.