El bache con padrino
Por Geppetto
En la calle de don Evaristo había un bache tan antiguo que los vecinos daban su domicilio con relación a él.
—¿La casa de los Salcedo? Dos puertas después del bache. Si llega al otro, ya se pasó.
Una mañana aparecieron tres empleados del municipio, midieron el agujero y le tomaron fotografías. Don Evaristo salió a ofrecerles agua. Uno de los empleados le explicó que el bache ya estaba en el sistema.
—Qué bueno —dijo el vecino—. ¿Y cuándo lo sacan de la calle?
Una semana después lo taparon. Hubo cinta, tijeras y discurso. El funcionario a cargo dijo que aquella obra devolvía la dignidad a los habitantes de la cuadra. Doña Berta, que llevaba meses poniendo un huacal sobre el agujero para que nadie se lastimara, aplaudió con las manos todavía mojadas de lavar los trastes. Nadie le pidió que saliera en la foto.
A mí me da gusto que un gobierno repare una calle. Me gustaría todavía más que los vecinos pudieran avisar de un desperfecto, saber cuándo se atenderá y comprobar después que el trabajo quedó bien. A eso también se le llama gobernar, aunque la ceremonia sea difícil de organizar.
A la primera lluvia se abrió un hoyito en el mismo sitio. Doña Berta volvió a sacar el huacal. Esta vez, antes de ponerlo, miró hacia ambos lados. A lo mejor venía alguien a inaugurarle el trabajo.
